Zozobrando hacia el reino del malestar

…haciendo un enemigo de nuestro propio futuro

Esta entrada fue publicada originalmente en Ortodoxia Mag.

Es una misión personal que Withnail & I (Bruce Robinson, 1987) sea vista por el mayor número de personas, es mi película favorita y no es muy conocida fuera de Bongland, donde es una obra de culto. Supongo que un mínimo de cortesía es debido y estoy obligado a avisar de la presencia de spoilers en este artículo, pero también es necesario añadir que estoy totalmente a favor de ellos. Los spoilers son La Civilización. El miedo al spoiler es odio africano, es literalmente globalismo. La fijación moderna con el spoiler y la longitud a la que llegan algunos para evitar éstos es enfermiza y refleja algo más profundo: la obsesión millennial con experimentar las cosas una sola vez. España estaría llena de niños si sus jóvenes fuesen capaces de hacer algo o ir a un sitio más de una vez sin que tengan una crisis de ansiedad o piensen que están perdiendo oportunidades únicas de tener experiencias inolvidables. Piensan que la vida debería ser un paseo en el Dragón Khan, pero es que la vida realmente se parece más a la espera de dos horas en la cola del Dragón Khan.

Withnail & I es una comedia oscura y ácida sobre dos actores fracasados, semi-alcohólicos y sin empleo en el Camden de finales de los 1960s. Incapaces de conseguir siquiera un papel para algún anuncio publicitario cutre, deciden que necesitan un cambio de aires y descansar, para lo que le piden al tío Monty (Richard Griffiths) las llaves de su casa rural. Una vez allí, descubren que las célebres colinas y valles de los Lakes no son tan idílicos como se habían imaginado; hace un tiempo horrible, los locales son tremendamente hostiles a dos londinenses y reciben una divertidísima visita sorpresa que ellos, especialmente Marwood (el I del título), no encuentran tan divertida.

Hay varios temas que atraviesan Withnail & I, a saber: la caída de la vieja clase media (landed gentry) basada en la propiedad, el territorio y los modos tradicionales, el ascenso de la nueva clase media basada en el emprendimiento, el capital móvil y lo socialmente líquido (managerial class), la decadencia material y cultural de Inglaterra tras el desmembramiento del Imperio Británico, el autodescubrimiento personal de dos jóvenes y lo que considero más relevante, la amistad masculina. Más de esto al final.

Withnail & I es una película conservadora, esto lo digo sin atribuirle intención ideológica a sus creadores o a sus actores, no he encontrado pruebas de que esto sea así y no tengo ni la más remota idea de cuál es su ideología. Lo que sí puedo expresar con confianza es que el resultado lo es. ¿Por qué? Porque es un alegato de lo eterno, lo absoluto y de la existencia de un orden natural. Esto dejando al margen que no aparece ni una mujer hablando -las únicas que son interpeladas son insultadas (scrubbers, tarts) desde un coche en marcha-, o el uso de diferentes términos políticamente incorrectos ya en 1987 (spade, raving homosexual, toilet trader) para referirse a otros personajes. Y lo que es más importante, no hay peros, ni es-ques ni ninguna otra aclaración para manipular emocionalmente al espectador y mostrar que el personaje que lo hace es perversamente malvado como sucede con otras producciones audiovisuales cuando alguien menciona a un miembro de las demografías mágicas que la izquierda interseccional fetichiza.

Pero además de lo expuesto más arriba, lo que la hace sin duda una película conservadora es su pesimismo. En línea con el milenarismo cristiano, lo que se nos muestra es que las cosas van a peor. La Humanidad no evoluciona, sino que se degrada. Hay un plano en el que vemos como un edificio de estilo eduardiano ha sido demolido mientras torres de hormigón de un council estate presiden erectas el horizonte. En pocos segundos se explica lo que Scruton te explica en una hora. La tragedia de Withnail (Richard E. Grant) es la tragedia de Occidente, un actor brillante versado en Shakespeare que no consigue siquiera un bolo en publicidad para pagar sus gastos mínimos. Es importante no confundir esto con los periodistas fracasados de la Almendra Central o las enfermeras con SEA (Síndrome de Enajenación de Ayuso) que prefieren trabajar en Afganistán a hacerlo en el Isabel Zendal. Porque lo que diferencia a Withnail de estos sujetos es su actitud ante el infortunio de no alcanzar lo que considera que merece, prefiere morirse de hambre y frío antes que tener un trabajo corriente o pedir ayudas sociales (I am trained actor reduced to the status of a bum!). Es esta visión aristocrática de la vida lo que hace de Withnail un personaje realmente poderoso. Withnail representaría así a la vieja nobleza menor, que depauperada ya sólo tiene como patrimonio su honor. Withnail es un antihéroe que resiste a un mundo que le entierra con el Progreso. Es un cuerdo en un mundo de locos. Es Julien Sorel. Es Don Quijote. Es Fausto.

Marwood (Paul McGann) por contra representa el pragmatismo, la ambición y el solipsismo de la nueva clase media, es el interés propio de Adam Smith. Es el final editado de Grandes Esperanzas en el que Pip y Estella se van juntos. Él es alguien que diez años después de los hechos tendrá un trabajo gris como consultor en la banca y recordará con añoranza sus años locos de juventud desde su casita en las afueras. Una mera fase. Después de todo y a la primera oportunidad, Marwood deja tirado a Withnail para un papel que ha conseguido. No conocemos más detalles, pero sí sabemos que Marwood abandona Londres para irse a Manchester, donde probablemente empiece una nueva vida. Mientras tanto, Withnail seguirá en su espiral autodestructiva con Danny (Ralph Brown) y Presuming Ed (Eddie Tagoe). La película acaba en la despedida, una escena conmovedora en la que una vez que Marwood abandona la pantalla, Withnail recita el monólogo de Hamlet de Qué gran obra es un hombre. Llueve a cántaros y se apoya en la verja que separa Regent’s Park del Zoo de Londres, vemos pasar a unos lobos, quizás le estén escuchando, quién sabe. Simplemente sublime.

He comentado al iniciar este texto que Withnail & I es mi película favorita. También he dicho que es una película conservadora. Pero estas dos preposiciones no son consecuencia una de otra, son independientes. De hecho, ya era mi favorita antes de caerme paulinamente del caballo y sólo llegué a la otra conclusión en visionados posteriores. Aparte de hilarante y brillante, es una producción que toca fibras en lo más profundo.

Más allá de lecturas estirando la goma sobre su mensaje político, hay otro tema central en Withnail & I: la amistad masculina. Ésta ha desaparecido de la industria audiovisual. En las últimas décadas lo que aparece como mucho es una parodia de ésta, sin entrar en la insistencia en representar esa fantasía que es la amistad hombre-mujer. En la mayoría de ocasiones en las que se oye hablar en el espacio público sobre la amistad entre hombres se hace desde lecturas feministas o desde las autodenominadas nuevas masculinidades, partiendo de la tesis errónea de que un hombre no es más que una mujer defectuosa, alguien que reprime sus sentimientos porque tiene miedo, porque está incompleto. Lo que se nos refleja es que al final un hombre no puede tener amigos, sino competidores, que las relaciones amistosas entre hombres son fallidas porque no vemos la amistad desde las preferencias femeninas (gestos de afecto, emocionalidad, comunicación verbal constante). La visión más amable que representa la ficción moderna es la del bromance, es decir, cualquier acercamiento entre hombres debe ser necesariamente producto de alguna pulsión criptohomosexual. Siempre lo reducen todo a meros impulsos básicos y represión, para ellos no cabe otra explicación, supongo que es lo que sucede cuando no se tiene alma y se tiene una concepción meramente material de la existencia. El hombre normal y su naturaleza han sido borrados de la cultura audiovisual, ya no se le representa como otra cosa que no sea un botarate del que hacer escarnio. Como digo, esto va realmente sobre las proyecciones de feministas con el corazón roto, tipos con socialización pobre en su adolescencia o de ciertos miembros de la coalición de los marginados con una viruta en el hombro. Pero hay más.

Hasta el siglo XIX los homosexuales no existían, son un invento victoriano. Lo que existía hasta entonces eran individuos que participaban en prácticas homosexuales. Pero nadie pensaba en ellos como un grupo con intereses comunes. Es la obsesión victoriana con la moral sexual que crea al colectivo para perseguirlo y por tanto la que crea la homofobia como la entendemos hoy en día. No es que hasta el siglo XIX la sodomía fuese una práctica precisamente bien vista, pero se perseguía y castigaba como acto, no como condición. Es decir, que señores se sintiesen atraídos por otros señores no les convertía directamente en fans del equivalente neoclásico de Lady Gaga ni los hacía un target específico de políticas sectoriales o productos de consumo. En esencia, lo que entendemos hoy en día por gay. Esta nueva homofobia de bajo nivel resultó de gran utilidad a los industriales victorianos porque se empezó a mirar a las relaciones cercanas entre hombre con sospecha, lo que dificultaría que éstos se empezasen a tratar fraternalmente y se uniesen para iniciar quizás algún proceso revolucionario. Pasas demasiado tiempo con los amigotes, ¿no serás tú un homosexuado de ésos, no?

A lo que intento llegar es a que la representación de la amistad íntima entre hombres se encuentra en una pinza en la que a un lado está la percepción errónea del feminismo y sus aliados sobre la naturaleza del varón y al otro lado los que tienen intereses ocultos en que los hombres jamás establezcan relaciones profundas entre ellos. Dos hombres y un destino, Dersu Uzala, Cadena Perpetua o la propia Withnail & I de lo que van en última instancia es de vínculos íntimos entre hombres y la naturaleza de éstos. Del honor, la lealtad, el apoyo incondicional, la no-necesidad de comunicación mediada por la palabra o de su carácter fáustico. Un amigo no evita que vayas al infierno, sino que te acompaña y es devorado contigo por las llamas de la Eternidad. Las mujeres jamás entenderán esto del mismo modo que los hombres nunca entenderán que se siente al generar vida desde las entrañas — y no me estoy refiriendo meramente al dolor del parto, sino a algo más. La amistad entre hombres no se muestra con abrazos o hablando de tus sentimientos. No es que esto no tenga su valor y lugar, pero ningún tío valora a un amigo íntimo en función de si sabe escuchar o lo cariñoso que es, sino en la vez que se metió a darse de hostias cuando 20 gitanos te querían matar, la vez en la que distrajo al policía que os había parado para que tirases lo que llevabas encima o cuando simplemente estaba ahí en tus horas más bajas recogiéndote en coche y asegurándose de que no te saltases el gimnasio ni un día. También en las noches interminables de fiesta, en los desplazamientos para la fase de ascenso a Segunda o recordándote que un polvo perdido es un polvo que no se recupera. Sencillamente, el hablar sobre los sentimientos o el afecto físico no son los ejes sobre los que gira la amistad entre hombres. Y esto no es ni bueno, ni malo, simplemente es. No existe la masculinidad tóxica. Lo que es normal no puede ser nocivo ni dañino. No puedes juzgar a un caballo en función de su capacidad de subirse a un árbol. Es directamente absurdo.

En un mundo en el que cada vez se tiende más hacia la atomización y en el que cada vez hay más basura, una película como ésta debe ser un recordatorio de las verdades atemporales, de esos valores que fundaron la civilización europea. Desde las Termópilas a Bangalore, pasando por la selva de Veracruz, el hilo que une todo es el hombre europeo con su espíritu prometeico civilizando al resto del globo, algo que se pudo hacer porque tenían a sus hermanos protegiéndoles la espalda, camaradas en los que confiar ciegamente. Hermanos de otra madre con los que conquistar el mundo. Esto es lo que los hombres-insecto de Bruselas o Washington DC quieren evitar a toda costa. Para ellos es mucho más preferible que tengas una amiga íntima a la que contarle tus penas y que secretamente anhelas, que vivas distraído constantemente por el torrente noticias de última hora o que tengas una dieta alta en porquerías que te pudren el sistema endocrino. Lo que les conviene es que seas pragmático, que lleves una vida cómoda, que hagas lo conveniente, en definitiva, que hagas lo que acaba haciendo Marwood. No intento juzgar moralmente a Marwood por priorizar su carrera profesional, como tampoco puedo juzgar los intentos de Withnail para que ambos se hundan juntos. Cada uno hace lo que considera lo correcto, sus destinos eran diferentes desde el principio y se limitan a asumir el lugar para el que están determinados. Uno querría ser Withnail, pero es reducido a ser Marwood. Ésta es la verdadera tragedia y lo que me parte el alma cuando Withnail le invita a una última copa de vino.

¿Qué es lo que estoy intentando decir? Que Withnail & I cuenta la verdad, por eso llega a un lugar que está muy cerca de casa. Porque la verdad escasea y la verdad es sinónimo de lo bello, incluso cuando se envuelve en un exterior sórdido y humor negro. Porque va de dos doomers sin rumbo ni dirección que se están arruinando la vida el uno al otro porque son inseparables. Porque entremedias ocurren cosas divertidísimas, tremebundas y absurdas. Porque todos hemos sido, somos o seremos esos doomers. Porque a veces hay que elegir el camino difícil. Porque hay cosas que son para siempre, incluso cuando se intentan dejar atrás, éstas siempre vuelven. Porque yo he sido el Marwood de alguien. Y porque yo he sido el Withnail de otro alguien

%d bloggers like this: