Turista permanente

Let’s just say I’m a certain kind of tourist. A tourist that’s on a… permanent vacation.

Esta entrada fue publicada originalmente en Ortodoxia Mag.

Permanent Vacation es el trabajo debut del director americano Jim Jarmusch. Producida sin presupuesto (ni guión), mientras Jarmursch estudiaba cine en la NYU, narra la historia de Allie, un joven que vaga por las calles derruidas del Nueva York de 1980. No es una película que recomendaría, sin embargo he querido usarla para utilizar un concepto que la sobrevuela y que está en el título del filme.

En el monólogo introductorio, Allie nos habla de su separación de los demás, como considera a las personas meras habitaciones por las que va pasando, en las que al principio parece algo nuevo, pero que una vez desaparecida esta novedad, es igual que las anteriores y es momento para dirigirse a la siguiente.

Es justo aquí donde quiero llegar y el motivo por el que he elegido Permanent Vacation para esta pieza.

Probablemente muchos se vean reflejados en lo siguiente. Veo el mundo como un observador desde la distancia, no me reconozco en la sociedad en la que vivo, como Allie, me limito a dar un paseo por las ruinas de un mundo que fue. La simulación en la que vivimos en 2020 es la versión de Hacendado de la original, o en términos tuiteros, es fake y g*ei. Ya no hay espacio para lo heroico, lo bello o lo que funciona, ahora todo es falso, grotesco y fabricado por/para China. Y los demás parecen estar encantados con ello. Pero yo soy un turista, un turista permanente, filmo con mis ojos lo que los demás hacen sin participar en ello. Estoy de visita y no tengo vínculo con lo que se ofrece.

No es esto un ejercicio para presumir de ser contestatario ni diferente, todo lo contrario, mi cosmovisión era lo normal hasta antes de ayer, de ahí mi sensación de extrañeza, mi verdadero anhelo es el de ser socialmente conformista, vivir en el mismo mundo que los en el que las metas del resto son formar una familia, ahorrar y estar lo más presentable posible.

Pero los que nos encontramos en esta situación no somos inocentes, somos participantes necesarios. Allie afirma no sentirse reflejado en el resto, pero la verdad es que él tampoco está muy católico, Allie es lo que podríamos denominar un larpero, un larpero de la Generación Beat, alguien que voluntariamente elige un avatar de Época Pasada Mejor como respuesta a su desapego con la realidad. Él tampoco demuestra interés en los demás, en sus conversaciones con los diferentes personajes que se encuentra, raramente hay intercambio, cada uno habla de sí mismo mientras el otro escucha pasivamente, cuando no directamente ignora.

En 2016, tras las victorias de Bolsonaro y Trump o el Brexit, las publicaciones oficiales de la gobernanza neoliberal como The Economist o Financial Times utilizaron en sus análisis escleróticos la dicotomía somewheres vs anywheres, es decir, los que pertenecen a algún lugar concreto contra los que son de todos y de ninguno a la vez. Traigo esto a colación porque a pesar de lo que haya podido mencionar más arriba o de las diatribas en Twitter contra la globalización, en el fondo soy otro anywhere. Yo soy un globalista más.

Cómo llegué a serlo no entra en el ámbito de este artículo y quizás no importe, lo soy por las circunstancias y lo soy por mi propia agencia, en qué grado influye cada parte es irrelevante. Lo relevante es cómo este fenómeno aparece en todo el mundo de una manera u otra, hay quien es consciente y hay quien no lo es, pero se manifiesta a través de toda la sociedad.

Que me perdonen los editores de Ortodoxia y que me perdonen los lectores, pero sacar a Marx aquí se torna necesario. Entre lo poco que ha sobrevivido como certero del pensamiento marxista se encuentra su concepto de alienación (o enajenación, depende de la traducción). Ésta sería la separación (extrañamiento) entre el trabajador y la mercancia que produce al ir ésta dirigida al beneficio de un capitalista. En palabras de Marx:

La alienación del trabajador en su producto significa no solamente que su trabajo se convierte en un objeto, en una existencia exterior, sino que existe fuera de él, independiente, extraño, que se convierte en un poder independiente frente a él; que la vida que ha prestado al objeto se le enfrenta como cosa extraña y hostil.

Pero Marx no limita este extrañamiento al trabajo, sino que el capitalismo no sólo nos enajenaría de nuestra labor, sino también del otro y de la naturaleza, incluyendo aquí lo que entendemos como el mundo natural (o mundo rural que dicen los cursis ahora) y la naturaleza humana.

Del mismo modo que el obrero fabril decimonónico se extraña del producto de su trabajo al ser éste utilizado para la ganancia económica de un barrigón con bigote y sombrero de copa, nosotros estamos alienados del mundo actual porque lo construimos pero el resultado final, lo que nos toca experimentar de éste, nos es completamente ajeno. Es difícil sentir apego si no te ves reflejado en la sociedad de la que supuestamente formas parte.

La alienación existe en la realidad material y por lo tanto está ahí independientemente de si es sentida o no, de si se es consciente o no. Por eso algunos, los conscientes, nos dedicamos al contrarianismo cibernético, cuando no directamente al larperismo; y otros, los no-conscientes, se dedican a ver series compulsivamente, le dan 20 vueltas al mercado en Tinder o tienen la mirada de los 1000 Diazepam. Dos caminos, el desencanto o la distracción constante.

Pero la alienación no sólo consiste en sentir un espacio entre tú y los demás o lo que produces, hay otro espacio vacío dentro de ti, el que hay entre tu experiencia sensorial y el discurso aceptable en público. Es bajo el incesante martilleo de la cacareada corrección política (término que detesto, pero que uso por útil en esta instancia), que moldea la vida y consciencia de millones de personas en sus mejores años. El efecto va más lejos que una cuestión de libertad de expresión, estamos hablando de que tu capacidad para el pensamiento propio te está siendo arrebatada, no hay subjetividad, sino un discurso pregrabado, un delirio socialmente aceptable.

Sé que esto va a ser polémico, a mucha gente no le gusta cuando digo esto, porque es simplista, pero he comprobado empíricamente que es así. Llámalo voluntad de sentido, llámalo misión sagrada o llámalo como quieras, pero nuestro papel en este mundo es crear nueva vida, o en su defecto, hacer lo humanamente posible para estar en la situación de hacerlo. Todo lo que nos aleja de esto, nos aleja de nuestra propia naturaleza, nos aliena. Por supuesto, hay excepciones, hay quiénes están llamados a encontrar la vacuna del SIDA, ayudar a unos negritos en Zambia o ganar una medalla olímpica, pero la realidad para el ser humano medio es la que es. Todo lo demás es un adorno.

Algunos lo llaman neoliberalismo, woke capital y otros capitalismo tardío, en cualquier caso y para entendernos: la coalición de las élites político-funcionariales de ideología progresista con las grandes corporaciones del capitalismo financierizado. En cualquier caso, tanto unos (los burócratas) como los otros (los del dinero) han configurado un mundo que te aleja de tu naturaleza. Pero no todo está perdido, nuestro Creador, programador de la simulación o la puta suerte (léase con la voz del Murciégalo Montoro) han colocado los suficientes mecanismos de defensa para que nuestro organismo se rebele contra el estado de las cosas y de ahí muchas de las enfermedades que los dispensadores de pastillas negras se empeñan en publicitar. Como decía Russell Kirk: el individuo es estúpido, la especie es sabia.

No tengo un programa político para revertir la marea neoliberal, soy un charlatán, pero hasta cierto punto. Lo que sí puedo aportar son unas pinceladas para navegar la hipermodernidad. Si el extrañamiento se produce por vivir en una realidad en la que no somos participantes y que va en contra de nuestra naturaleza, la manera de solucionarlo no puede consistir en el derrotismo, la desmoralización ni el retiro a la montaña a plantar patatas como el asesino larpero ése. La solución pasa por dejar de ser un turista, pasa por asentarse, por aceptar las verdades del barquero y por demostrar con nuestro ejemplo que seguir nuestra intuición de especie funciona.

Ha pasado mucho tiempo y estoy cansado, es hora de volver a casa.

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